COSTUMBRES
Ya se había acostumbrado, o eso creía él hasta aquella mañana del 3 de junio.
Desde que la vecina nueva llegase al piso de arriba hacía tres meses, todas las noches eran la misma cantinela: carreras, grifos, música y especialmente, la hora de acostarse que le traía a mal traer. Y no era para menos, no, porque no había horario concreto para el evento. Lo mismo daba las tres de la mañana que las once de la noche.
Al principio pensó que cambiando su hora de acostarse, acabaría acertando con el momento idóneo para dormir. Después consideró la idea de tomar algún relajante, incluso algún somnífero, porque aquel rito nocturno de su vecina le desconcertaba, le enervaba y por supuesto le intrigaba.
Finalmente decidió no realizar ninguna de las acciones mencionadas, sino investigar.
Finalmente decidió no realizar ninguna de las acciones mencionadas, sino investigar.
Investigar la procedencia de los ruidos, su naturaleza y su sentido, si es que lo había.
Identificados los sonidos, cuyas onomatopeyas alternaban entre cloc, cloc; coq, coq; o clac, clac, los aceptó —ya que nada podía hacer por evitarlos— y asumió, con gran resignación, que en cualquier momento de la noche los cloc, cloc le sobresaltarían, para luego producirse el silencio definitivo.
De ese modo fueron pasando los días, las semanas y estos últimos meses como algo ya natural.
Hasta, como he dicho, las siete de esta mañana de este 3 de junio, en la que este vecino del 3º F ha subido ¡por vez primera! a llamar a la puerta de la inquilina de arriba, sudoroso, nervioso, irritable.
Identificados los sonidos, cuyas onomatopeyas alternaban entre cloc, cloc; coq, coq; o clac, clac, los aceptó —ya que nada podía hacer por evitarlos— y asumió, con gran resignación, que en cualquier momento de la noche los cloc, cloc le sobresaltarían, para luego producirse el silencio definitivo.
De ese modo fueron pasando los días, las semanas y estos últimos meses como algo ya natural.
Hasta, como he dicho, las siete de esta mañana de este 3 de junio, en la que este vecino del 3º F ha subido ¡por vez primera! a llamar a la puerta de la inquilina de arriba, sudoroso, nervioso, irritable.
Desde las dos de la madrugada, cuando oyó el primer cloc, aún no ha podido dormirse esperando el siguiente.
Así que por favor, por favor, señorita, —dijo el trémulo vecino del 3º F a su vecina soñolienta que le abría discretamente la puerta— por favor, estampe usted el segundo zapato contra la tarima; que resuene, de una vez por todas ,en mi techo el segundo cloc y que pueda ¡al fin¡ dormir.
Ocurrente. Como siempre haciendo de lo cotidiano algo mágico,
ResponderEliminar¡Muy chulo!
ResponderEliminarLo más cotidiano hecho literatura de la buena.
Ya conocía tus cuentos Azules, me gusta.
Un abrazo de tu compañera Blanca
Símpatico relato, muy ocurrente y creible.
ResponderEliminarY un abrazo poético. Soco