POETAS INVITADOS

LUIS GONZÁLEZ CÓRDOBA
LLÁMAME CUANDO LLEGUES

No te olvides la llave.
Llámame cuando llegues.
Las maletas siempre destilan soledad.
De niño me gustaban las estaciones.
Ya estoy solo.
Miro la ropa del armario, las fotografías de la mesa,
la rosa que languidece en un florero,
las cortinas naufragando en la ventana.
Cuando apago las luces los interruptores proyectan ecos.
Un vacío inmenso se apodera de todos los rincones.
El pasillo se me antoja una gruta y la humedad me llega hasta el alma.
Para deshacer el silencio me sirvo una copa de ginebra.
Se han roto muchas cosas en mi vida pero rara vez la soledad.
Delante de la casa hay un árbol
en el que todas las primaveras florecen el tedio y la rutina.
Siempre amanezco de un modo parecido,
la mansedumbre de la primera luz del alba dicta la monotonía de mis días.
Las preguntas que quería hacerte se han quedado frías en mi corazón.
Ya no me reconozco en los espejos.
Llámame cuando llegues, digo,
tú asientes con la cabeza, casi sin despedirte.
Aunque no tengas nada que decirme tus palabras llenarán la casa
y sosegarán mi pulso desacompasado,
después se irán deshaciendo como la nieve
y otra vez el silencio ocupará el paisaje desalentado de mi vida.
Existe un mar oscuro habitando entre estos muros
que se mueve con un murmullo repetido
y me va borrando la memoria.
Al igual que los náufragos desnudos avanzan por una playa solitaria
buscando consuelo en otros brazos, así me muevo yo sin poder detenerme
por esta inhóspita casa deshabitada en la que tristemente habito.
A veces, cierro los ojos y me imagino paseando por las calles de París,
entre las torres de Manhattan o bajo el cielo de Madrid.
Pero dentro del sueño suelo despertarme en el pasillo de un hotel
donde todas las puertas están cerradas
y entonces no deseo abrir los ojos
porque la vida es una pesadilla encendida
que alumbra mis noches y mis días.
Un sueño horrible del que no sé despertarme.
Ahora, sentado con los ojos bien abiertos ante una copa de ginebra
en la dudosa luz del atardecer
que hace languidecer las sombras
ansío tu regreso.
Quisiera escuchar la llave en la cerradura,
sentir tus pasos acercándose en la penumbra
e inventarte de nuevo junto a mí
en el temblor cerrado de dos cuerpos.
Llámame, te dije, cuando llegues,
pero llevo ya esperando media vida la intermitencia fría del teléfono,
el pitido estridente y metálico en el que encontrar
mi salvación y también mi servidumbre.
Llueve.
Como la premonición de un sufrimiento infinito
comprendo que la ilusión habita en otros ojos
y que yo, tan sólo soy una flor marchita
en un jardín de invierno.
De todas las maneras, y sea como sea,
llámame cuando llegues.

Primer Premio XXXIII Certamen Internacional de Poesía “Villa de Aoiz”

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