INOCENTES


Nos decimos que aún somos los mismos.

No ursurpa la maldad nuestra mirada.
En el corazón de todas las urgencias
un niño prevalece.

Lo decimos mientras los pasos
nos llevan a lugares conocidos,
en la elipse de la suerte,
en portales de lengua estrafalaria.

Creemos fielmente nuestra hipótesis
pasamos de puntillas por la luna
del espejo y no nos detenemos
en el lugar común de las heridas.

Sinembargo, un día,
un día cualquiera, audaz,
vulgar, impenitente, la vista
se detiene en un columpio,
en la lluvia de una derrota,
en el solsticio de un beso.

El patio donde jugaban nuestros hijos,
la persiana que baja los reproches,
los labios que cerraron nuestra dicha,
la vez que perdimos la inocencia.

Nos decimos que aún somos los mismos,
ingenuos, creyentes, proclives
al engaño de la vida,
mientras la vejada plata del espejo
atesora desengaños y tropiezos
y compone
reflejos nuevos con ajadas luces.

No somos los mismos, sin embargo
ansiamos retener la impoluta
inocencia en los traspiés del día.

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