EL PARAÍSO EN UN BANCO
La noche se adueñaba
limpiamente del parque,
del corazón olvidado en la
fuente, madres
detrás de los balones y
los niños,
la risa columpio al
firmamento,
el paso lento y torpe del
anciano.
El sol va a morir siempre
al mismo banco.
El mismo hombre viene a su
regazo,
bajo sus pies desmiga
baratijas:
el pan de los besos
perdidos,
un alma varias veces
vendida,
alpiste de caricias que
amotinan
palomas petulantes y gorriones
esquivos.
Con el último rayo
moribundo,
el hombre sacude su
miseria,
ahuyenta aves y fantasmas.
Extiende
la sabana de raso de su
vieja chaqueta
y ablandaba la almohada
imaginaria
de su brazo.
En las noches oblicuas,
cuando el vidrio del
balcón describe su reflejo,
cuando duerme el pájaro y
el niño,
cuando la memoria viste
traje de nostalgia
recordando su casa, su
vida, su trabajo,
el hombre prende su luz
particular,
una luna brillante y
pretenciosa.
Otras veces, le ampara
una araña de estrellas por
el cielo.
A veces,
digo, otras veces.
Extraordinaria poeta y poema. Sigue así.
ResponderEliminarCarmen