DENÍA
Aquel
estío tuvo mil horas,
algunas
agudas
como
dolor, caer, abotonar.
Otras
llanas y graves como Barcelona,
y
ciertas esdrújulas, como tequieromucho,
y
todas llevaban su nombre de chiquilla.
En
todas palpitaba
Abril y la canción lista que inventamos.
Y
los castillos con piscina de arena.
Y
las musarañas en las dormíamos
oyendo
reírse a las palmeras.
Este
verano nos despeinó la tristeza
y
dejó que cantaran al aire nuestras faldas.
En
cinco escasos metros cuadrados de terraza
cupieron
las islas, los piratas, los dragones,
el
Nilo, la selva, las princesas
y
el restaurante La Oca que ideamos.
Casi
todas las historias, casi todas.
Y
otras tantas que creaba el bolero
de
nuestra loca imaginación.
Tomó
muchos sustantivos este verano
que
se va derritiendo como helado
en
los labios infantiles.
Y
de ellos, solo el tuyo, el tuyo solo
seguirá
incólume en la rotunda
circularidad del tiempo que me ampara,
en el mágico lenguaje de los sauces.
[A Mayra, agosto en Denia, 2017]
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