LAS AVISPAS





















Han vuelto las avispas a la silla de la terraza más alta de la casa. La primera vez que las vimos, casi gritamos, a no ser porque una de ellas nos miraba tan fijamente, con una inquita tan premeditada, que preferimos medirnos cara a cara a vociferar inútilmente, como suelen hacer las timbres de las clases y los vendedores ambulantes en las plazas —sobre todo si son de poco pelo —.


Seguidamente el bicho dio la media vuelta con rápida elegancia y nosotros con alevosa precipitación.


Al caer la tarde, hicimos una hoguera a la entrada del rotundo avispero.


Sus inquilinas huyeron sin glamour, ni orden ni concierto llevándose tras de sí cuanto pudieron: un brazo, una mano y una pierna que paseaban, ajenas al desmán, por los jardines colindantes. Y es que todos sabemos lo que son los daños colaterales.


Por un tiempo quedamos libres de tan insanos huéspedes, en la paz que merecen quienes no prodigan el oficio del curioso, ni el laurel del intruso.


Pero es lo que tiene las avispas: una firme costumbre a los lugares que hacen propios, una innata terquedad en su propósito, un deseo hostil por ocupar lo que les gusta, una obcecación por los bienes ajenos, si les place. Así que regresan, una y otra vez, a sus principios.


No es de extrañar, pues, que al mes siguiente estuviese de nuevo el avispero. Más nutrido, más aguerrido y prepotente.


Las soberbias forasteras lucharon —ante la mínima presencia humana— con toda clase de tretas y aguijones; con los ataques por sorpresa o con los de insidiosa premeditación. Ni el calor, ni el viento les cambiaron la intención.


Es, digo, lo que tienen las avispas, y ciertas gentes como ellas, que vuelven a su origen, una y otra vez. Vuelven y hacen lo único que saben hacer…


En la "Sospecha del día". 2015. HUERGA Y FIERRO
 Foto Desde la terraza de Denia.
NOVIEMBRE 2015

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