UN CUENTO DE DICKENS EN EL SIGLO XXI

 
En esa noche que llamamos mágica, de ilusión, de Paz, de Esperanza y no a la lumbre de una leña, sino en una confortable casa de un pueblo. Un pueblo cualquiera, pongamos Nalda, un abuelo contaba una historia a sus nietos.
Una historia que él había leído o escuchado, aunque ya no sabía dónde y cuándo, pero que le parecía la más conveniente para contar en esa noche mágica, de Paz, de Esperanza, entre villancico  y villancico.
 Así que veamos al abuelo y a sus nietos de quince, doce, ocho y seis años en la mesa escuchándole —porque éste era un abuelo de esos que siempre andan relatando aventuras, sucesos, fábulas, refranes, moralejas a sus nietos— y escuchémosle también:
 Dicen que en un pequeño pueblo, un pueblo algo más pequeño que el nuestro, se decidió fomentar y premiar la solidaridad y el compañerismo en los niños y jóvenes. De tal modo que durante un mes (un mes en el que precisamente no era Navidad), dos comités de padres y abuelos, escuchaban u observaban las buenas acciones de los chicos y chicas del pueblo para con otros muchachos, adultos o ancianos.
Dicen que pasado el mes, los dos grupos de adultos se juntaron en una sala de la casa de cultura del pueblo a decidir cuál era la mejor obra solidaria.
Dicen que en aquel mes los muchachos y muchachas se esmeraron mucho en sus comportamientos y que movidos por su amabilidad y cariño también los mayores, los más mayores y los niños estaban más gentiles y alegres.
Dicen que el acuerdo final no se alcanzaba hasta que, ya agotándose el plazo, uno de los padres relató lo que aquella misma tarde había visto en la plaza del pueblo, aunque realmente no sabía qué había ocurrido.
El hecho es que a eso de las tres, cuando caía un tibio calor en los bancos de la plaza, un anciano muy triste, decaído y cabizbajo se había sentado allí en uno de los bancos, el más soleado. Un zagalillo como de cinco años que andaba jugueteando con su balón, al ver sentarse al abuelo se acercó a él y se sentó a su lado.
El hombre no sabía explicar qué hablaban o no, pero afirmaba que al cabo de un par de horas el viejecito que se levantó de aquel poyo parecía más contento y hasta más joven.
Intrigadas las personas allí reunidas, y tal vez sólo por comentar, decidieron llamar al zagalillo y resolver su curiosidad.
Preguntado el niño sobre qué le había dicho o hecho al anciano durante todo ese tiempo, la respuesta sobre su actuación le valió el reconocimiento de todos.
La respuesta era muy sencilla, como la propia naturaleza de un niño de cinco años y como la propia naturaleza de la bondad que suele ser más fácil de llevar a cabo de lo que a veces imaginamos.
Y por supuesto fue y es una invitación a mirarnos en el espejo de vivir y a reflexionar sobre nuestra propia bondad: “le he ayudado a llorar”dijo con toda naturalidad el chiquillo.
 Al fondo del salón comedor de aquella casa de Nalda, suavizando la emoción del abuelo y los nietos, comenzaba a sonar “Noche de Paz”.

María José Marrodán  29 de diciembre de 2008.
En el periódico  los arcos.
IMAGEN DE EULALIA CORNEJO EN CUENTO DE NAVIDAD

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