LOS LIBROS
¡Malditos
libros!, mas no apostato,
no
abomino, no me exilio de ellos.
Merced
a sus historias descubrí
el
sentido de mi vida, los castillos
en
el aire, el aire que vive en las miradas.
Me
embriagó la sed de justicia;
me
alimenté de mi propia convicción,
fui
sabio, audaz, magnánimo y sentí
—
por fin— el incendio del amor que
antes nunca me había sido propicio.
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