RELOJES DE AGUA.LARACHE.

Como una imagen detenida, una
oportunidad sin concluir, así
se instaló el tiempo por las calles y sus gentes,
sus costumbres, el fluir cotidiano
de las pequeñas cosas.
Igual que un pintor que retratase
meticulosamente los colores
de un espejo, la luz de la mirada,
el día sin la urgencia — sin la necesidad
de amasar los segundos que luego nos harán
tan infelices—.
meticulosamente los colores
de un espejo, la luz de la mirada,
el día sin la urgencia — sin la necesidad
de amasar los segundos que luego nos harán
tan infelices—.
El cielo rabiosamente azul,
absolutamente azul y la arena.
absolutamente azul y la arena.
La arena vendaval de espejos
en los pliegues de las ropas, las manos,
en las arrugas de la frente y en las llagas
escondidas de vivir.
Pese a ello, no son polvo las horas.
Allí los relojes son de agua.
El tiempo no enferma entre sus manos,
no les urge en sus puertas,
no deroga sin permiso su calma,
no les exige tributo, por sus nombres.
en los pliegues de las ropas, las manos,
en las arrugas de la frente y en las llagas
escondidas de vivir.
Pese a ello, no son polvo las horas.
Allí los relojes son de agua.
El tiempo no enferma entre sus manos,
no les urge en sus puertas,
no deroga sin permiso su calma,
no les exige tributo, por sus nombres.
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