CRECER


























Crecía despacio,
o lo habitual que se estire un niño
— que nunca es despacio—,
ni nos va bien.

Crecía

Multiplicaba el habla y los pasos
Y la risa y se volvía zarándula
y guitarra —gitana  diría
la bis-bisabuela Geno
como su  propia nieta,
y su bisnieta añadiría —.

Crecia.

Abría las ventanas de su mente, los brazos de  su imaginación,
la deducción, el corazón,
la magia.
Y embelesados veíamos
el prodigio,
afanábamos en él .
Y sin embargo,
el marco de la puerta
—dintel improvisado de su progresiva altura—
dio un brinco a nuestros ojos,
—tan real como el bajo de sus pantalones—
y el calendario
volvió a marcar de febrero
un diecinueve.

Y tú y yo volvimos
a la sala de espera,
a la noche que no se parecía
a ninguna noche,
y a cobijar en nuestras manos
su primer resuello
y nuestras primeras lágrimas
del más inmenso amor.

Diecinueve de Febrero,
siete años de jugar y crecer
de padecer y amar
de amar y sabernos amados.
_

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